Audio de |Otra muerte|
Podría ser que el tiempo en esta tarde
inunde nuestros ojos inundados
de nostalgia. Y puede que los dados
no caigan en el lado del cobarde.
Quizá estoy ventilando la osadía
que olvida los rencores y el escudo;
y puede que te extrañe, porque dudo:
no sé si sé olvidarte todavía.
Mas puede que el minuto venidero
sujete las pestañas de mis ojos
y deje que el reloj dicte la suerte,
y puede que, en el viaje, el lucero
reseque -hasta pudrirlos- los enojos,
y crea yo en la paz y en otra muerte.
Te dejaré silente en la mañana,
los cabos que hubo sueltos ya enlazados,
los torsos con escrúpulos de amados.
Inmóvil que hará ruidos la persiana
y no la escucharás. Seré en la calle
un súbito turista en el desgando
del barrio viejo hirviendo de verano;
seré tu hombre al fin, sin más detalle.
Quitandoté los miedos en un acto
apático y romántico y dolido,
te oí amar mi cuerpo y luego muda.
No habrá otra noche aquí, tal es el pacto.
No habrá otra noche aquí, ya te has dormido.
No habrá otra noche aquí, no queda duda.
Salida de anteayer, la librería
envuelta en su seudónimo brillante,
me abraza y me reprime, inconstante,
me besa todo el cuello en su osadía.
Platónica en el cuerpo y el deseo,
cristiana, tragicómica, fulana.
No sé si es el ayer o es el mañana
o un súbito y perpetuo merodeo.
Los ceros y los unos y los otros,
las sendas peatonales, los donjuanes,
los novios, los amantes y nosotros
volcando en la clepsidra otro fluido
de falso amor, de puros ademanes
(acaso no te tuve y ya te has ido).
Protesta que hay de gloria en esta huerta,
y es fática y fatal la pesadilla:
los versos que espié por la mirilla
por mí los tengo aquí; la puerta abierta.
Sonata del desorden mesurado,
habrás venido a verme y yo dormía.
No es justo, no es trivial, no es todavía;
navego y estoy quieto, recostado.
Dictámenes del beso: quién evoca
-como este fiel- sus ánforas de normas;
¿acaso ven la sed y no aceleran?
Amor del telegrama que fue impreso.
El fin quiero abrazarlo de mil formas,
mis manos, mis cumplidos, no exageran.
La belleza, siendo nadie, destrozó
el patio colorado de mi mente;
y ahora, procurando algún cliente,
la pena con sirenas me esposó.
La belleza, que contrata al corazón
y lo hace exclusivo a sus caricias,
grita fuerte y no viene con noticias,
detiene en su higiene a la razón.
De noche es canalla y no perdona,
y entona Norah Jones mientras repasa
a Borges con la gente de su zona.
Etérea, la belleza es una suerte
de huésped que nunca ha dormido en casa.
Y el centro sin suburbios. Y la muerte.
La noche, si es apática aquí afuera,
será emigrar los ojos a la lluvia.
El hombre que habla menos, más diluvia.
Precipitar la voz es la quimera.
La noche, si en la calle ha sido adusta,
te guarda un cimbronazo en el costado
derecho de la cama. Qué pecado
fatal desconocer que un beso asusta.
La noche, más oral que una plegaria.
La noche, menos dócil que tus lentes.
Las noches que atestiguan los abrazos.
Llorar, blandir un alma temeraria
que alarme y ponga fin a tus ponientes
lejanos a este catre, a estos trazos.
Te llevo por el río un largo tramo.
No quiero renegar de las tormentas
si en otras latitudes cenicientas
no dictan los silencios que reclamo.
Te llevo por el río, en el camino
el alma se me arrastra contra el ripio
y finge libertad como al principio
(el río, ese reloj adamantino).
Si sueño que soy libre, nada sueño,
despierto con apuros y empecino
las ropas y la piedra en cada octava.
Impávido, te abrazo sin empeño.
Te llevo por el río mortecino,
el remo -el corazón- como una ochava.